#32 – El gallinero oscuro al final del pasillo

Este es el tercero de tres artículos donde te cuendo encuentros con mi Presencia yo Soy durante mi infancia. Puedes leer aquí el primer artículo (sobre lagartijas escurridizas) y aquí el segundo (hay una valla metálica infranqueable).

Cuando yo era pequeño, Mariano era mi mejor amigo.

Sin duda alguna.

Mariano era un niño grandote —creció más rápido— y simpático, que era como mi hermano.

Siempre iba a jugar a su casa al mediodia, después de comer y antes de ir al colegio por la tarde. Y a veces también por las tardes.

Creo que por entonces tendríamos 10 u 11 años.

Un día cualquiera, como siempre, fui a buscarlo por la tarde.

Subí por la calle Olivera hasta su portal, bueno, el portal de casa de su tía, que era dónde estaba, y llamé al timbre.

Abrió —también como siempre— la tía y me dijo: «hola».

A lo que contesté: «hola, ¿está Mariano?».

Y ella: «sí, hijo, pasa, Mariano está dentro».

Una vez en el comedor de la casa, la tía me dijo: «sal al patio; lo encontrarás allí jugando a básquet».

Lo del patio es un decir, porque lo que tenían esa familia era una especie de pasillo alargado con el suelo pavimentado y un gallinero y herramientas de campo al final de éste.

Entonces, salí al pasillo y me encontré con mi amigo botando la pelota de básquet y haciendo tiros a una canasta, una de esas con panel y aro que se cuelgan en la pared.

No lo recuerdo mucho, pero creo que estuvimos jugando un rato a básquet.

Y no sé qué paso, que en un momento dado Mariando desapareció. Me giré y ya no estaba. Pensé: «¿dónde está?».

Y me quedé en el pasillo con la pelota, que pronto solté porque no me gustaba mucho el básquet.

Estuve dando tumbos arriba y abajo, esperando, hasta que al cabo de unos minutos noté algo raro: una cosa como oscura se cernía sobre mí. Algo lúgubre, no voy a mentir.

Misterioso. Inquietante.

En el pasillo de la casa de la tía de Mariano había una escalera. Al final de todo. Y justo debajo del hueco de la escalera estaba el galliero que mencioné. Creo que con una gallina.

Estuve en ese pasillo, solo, al menos durante veinte minutos, esperando a Mariano, pero él no volvía.

La presencia «oscura» estaba en el piso de arriba. La notaba. Pero jamás me hubiera atrevido a subir la escalera para descubrir más. Me quedé delante del gallinero, observando la gallina. Y sintiendo algo que estaba más allá. Algo que estaba arriba.

Al cabo de un rato cesó la Sensación y yo volví a acordarme de donde estaba: en el patio (que era un pasillo) de la casa de la tía de Mariano.

Mis pensamientos: «¿por qué no había nadie en esa casa? ¿Dónde estaban sus habitantes? ¿Y que hacía yo solo en ese pasillo durante media hora?».

Total, que me cansé de esperar y entré al comedor.

¡Y allí estaba Mariano, tan pancho, sentado en la butaca comiendo su merienda! ¡Y su tía en la cocina!

Vaya, me sentí como abandonado. Así que dije: «oye, Mariano, yo me voy a mi casa, ¿vale? Ya nos vemos mañana».

Siempre me he acordado de aquel día. De cómo me quede solo en una casa ajena y de cómo estuve consciente de una misteriosa presencia que estaba en el piso de arriba, al final de la escalera del final del pasillo. Y de la gallina, la única que se dignó en acompañarme durante ese periodo de tiempo.

El gallinero debajo de la escalera era oscuro, la presencia era oscura y el abandono que sintió ese niño también fue oscuro.

Sin embargo, ahora lo entiendo, y si has leído los dos otros artículos donde explico experiencias similares, tú también lo entenderás: solo puede producirse un encuentro con tu Espíritu, con tu Presencia Yo Soy, cuando estás solo.

No es posible cuando hay otra gente.

Aquello que somos en esencia, nuestra Totalidad, solo puede captar nuestra atención si no tenemos nada más que hacer y si no hay nadie alrededor que nos distraiga. De eso estoy seguro.

Y eso es lo que me sucedió ese día.

Al final del pasillo me esperaba una parte de mí que me resultaba ajena (y oscura), como es normal. Pero ahora ya no lo es. Para nada.

Cuánta compasión tenemos como seres álmicos (con Alma). Cuánto amor al hacernos presentes ante una parte de nosotros que solo es un niño inconsciente e inocente. Y qué contento estoy ahora de haber vivido esa experiencia y de recordarla para escribirla.

Dime tú, ¿recuerdas experiencias de este tipo en tu infancia? No tienen que ser como las mías. De hecho, estoy seguro de que no lo son. Pero de haberlas haylas, como dice aquél. No tengo la menor duda.

Si recuerdas algo tú, déjamelo en un comentario. Me encantará leer cómo tu Yo Soy te vino a visitar en determinados momentos de tu vida, y cómo lo interpretaste.

Gracias.

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2 comentarios en «#32 – El gallinero oscuro al final del pasillo»

  1. Cuando leo tu experiencia y recuerdo las otras dos se me viene a la mente un suceso en mi adolescencia: yo no fui ni he sido buen estudiante, en sexto de bachillerato teníamos examen de química y claro, no había estudiado nada, el examen era oral y estaba muy nervioso y asustado. Mientras me llamaba el profesor tomé mi cuaderno y leí las primeras hojas, me pareció absurdo estudiar en ese momento a pocos minutos de ser llamado al frente, cerré el cuaderno, me giré y le comenté a mi compañero de atrás que no había estudiado nada. Cuando me llamó el profesor estaba completamente entregado a lo que pasara, me levanté lentamente y caminé de igual manera hasta el tablero, me miró de arriba abajo y me dijo: se nota que estudiaste, qué quieres que te pregunte, yo le contesté, lo que quiera. Me preguntó justo lo que acababa de leer en mi cuaderno. Me fue bien. Al regresar a mi puesto mi compañero me dijo: usted tiene suerte.
    Hoy día he pensado en esto, creo que no tiene que ver con la suerte, diría que tiene que ver con la entrega, y por alguna razón la asocio con tus experiencias. ¿Quién pasó al tablero? El profesor nos dicía: el que no estudia se raja. ¿Hay otra «lógica» que está esperando ser aplicada? ¿La suerte existe?
    Quería compartir esta experiencia, no parece tener relación con las tuyas pero creo que en el fondo sí, no lo tengo muy claro pero tiene relación.
    Abrazos.

    Responder
    • Gracias por contar esta experiencia, Iván. Creo que es un buen ejemplo de soltar completamente, aunque sea en una situación forzada. La entrega, sí. La rendición, diría yo.

      Entonces aparece algo nuevo que «toma el control». Otra parte de ti. Y te conviertes en el Creador de la situación, en el Creador de esa experiencia, que se convierte en algo favorable.

      Si sientes que esa experiencia tiene que ver con las que yo he relatado, es porque sin duda es así. ¿Quién fue el que estuvo en el tablero ese día, el Iván humano o el Iván divino? Estoy seguro que delante del profesor pasó algo más allá de lo que tu humano es capaz de recordar objetivamente.

      Responder

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