#29 – La valla metálica

Este es el segundo de tres artículos donde te explico experiencias de contacto con mi Presencia Yo Soy en mi infancia. Puedes leer el primero aquí.

Creo que tendría unos 9 años. Era otro precioso día de verano, fresco y soleado.

Mi primo Santi y yo nos disponíamos a salir a jugar por la montaña de su pueblo, San Ciprinano.

Sí, en esa época —principios de los 80—, todos los veranos iba a pasar 15 días a su casa, que estaba en la parte alta del pueblo.

Y lo pasábamos en grande.

Es curioso, porque hace muchos años que no lo veo. De adolescentes cortamos nuestra relación. Pero de pequeños éramos uña y carne, especialmente en esa quinzena que estaba con él y mis tíos.

De 12 horas que hay de luz del sol, 10 las pasábamos jugando por el monte: construíamos cabañas, cazábamos mariposas —de esas amarillas y negras, con manchitas rojas y azules— y subiamos a todos los árboles posibles…

Oh, especialmente recuerdo las largas horas que nos pasábamos subidos en el inmenso ciprés que estaba —y está— delante de la iglesia de San Cipriano.

Mágicos momentos.

Pero me voy del tema. Espera, ¿dónde estaba?…

Sí, la valla metálica…

Te cuento.

Ese día yo y Santi estábamos en la calle de delante de su casa y nos disponíamos a salir al monte a jugar como siempre.

Como dos cabritas de esas que saltan de felicidad.

Cuando, de repente, Santi me dijo: «Guillem, tengo que irme, lo siento. Espérame aquí. Sobre todo no te muevas. Ahora vuelvo».

Y yo me quedé un poco sorprendido: «¿pero dónde va ahora?».

Pero como yo era un niño muy obediente, allí me quedé. Esperándolo.

Una vez él estuvo fuera de mi vista, una presencia muy grande, algo así como una nube pero transparente, se posó delante de mí.

Inmensa.

Todo pareció cambiar de golpe. Y yo me tiré unos pasos hacia atrás. Hasta que topé con la valla metálica que era el límite de la otra finca de la calle.

Y allí estuve un buen rato. Con la espalda y las manos pegadas a la valla. Y delante mío esa presencia amenazante pero afable a la vez.

No entendí nada. Solo me preguntaba una cosa: «¿Por qué se ha ido Santi si teníamos que ir al monte? ¿Por qué tarda tanto en volver?».

Juraría que estuve así más de media hora.

Esa presencia delante mío.

Solo.

Sin nada que hacer.

Esperando.

Y experimentando.

No podía tirar hacia delante. Tenía miedo. Un poco. Y no podía tirar para atrás. Había una valla metálica infranquable y detrás un terraplén boscoso de muchos metros de alto.

Hasta que todo se desvaneció y el precioso día de verando volvió a ser un precioso día de verano.

Y, de repente, tan rápido como se había ido, apareció Santi diciendo: «ya estoy aquí. ¡Vamos a jugar!».

Y ese fue otro de los maravillosos días en San Cipriano donde hice cabañas, cacé mariposas y seguramente subí al magnífico ciprés.

Oh, gratos recuerdos de la inocente y feliz infancia.

¿Quién no los tiene?

Bien.

Pues esa fue otra de las visitas de una parte «mayor» de mí.

¿Por qué? ¿Para qué?

¿Qué gana un niño, un ser incosnciente, recibiendo la visita de su Presencia Yo Soy?

No lo sé. Diría que nada en ese momento.

Quien gana es el adulto que está escribiendo aquí, que sabe bien que esa cosa que se hizo consciente en su Percepción es precisamente aquello en lo que ahora se está convirtiendo.

Y así es.

Ahora tengo la Claridad para verlo.

Pronto te cuento una tercera experiencia de este tipo.

Yo recuerdo y escribo. Y a través de mi narración despierto en ti el recuerdo de este tipo de «momentos de Conciencia». ¿Trato?

Este es el propósito, si es que hay alguno.

Estoy seguro que tú también tuviste experiencias de este tipo en tu infancia o las has tenido a lo largo de tu vida.

Bueno, sería demasiado para un Ser Humano recordar su verdadera naturaleza angélica, su Espíritu, de golpe. La cosa es a poquitos.

Pequeñas experiencias que en mi caso empezaron en la infancia y ahora me congratulo de contarte.

P.S. Pobres mariposas, ahora me dan pena. Pero eso es lo que hacen los niños, cazarlas y coleccionarlas. ¡Y maravillarse con sus colores! Iba a decir que ahora no cazaría una mariposa ni que me dieras un millón de euros, pero claro, es que ya no soy ese niño de principios de los 80. ¿O quizá sí?…

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