#27 – Como lagartijas subiendo por las paredes

Este es el primero de tres artículos donde te contaré tres experiencias de lo que ahora entiendo que fueron encuentros con mi Presencia Yo Soy en mi infancia.

Era una soleada mañana de verano de finales de los años 70. Creo que tendría 7 u 8 años de edad.

Estaba dando vueltas por los caminos de la periferia de mi pueblo con un grupo de niños.

Sin embargo, no eran mis amigos habituales. Por alguna extraña razón, era un grupo con el que yo no iba habitualmente.

En aquella época, mis verdaderos amigos eran los de la calle Olivera: Mariano, Diego, Ricardo… (vaya tipo, Ricardo; un día te hablaré de él).

Entonces, ese día iba con este otro grupo.

Cogíamos palos, tirábamos piedras, subíamos y bajábamos márgenes y todas estas cosas que hacen los niños de esa edad.

Recuerdo que subíamos por un camino y al final de éste nos encontramos con un depósito vacío.

Sí, uno de estos depósitos enormes que utilizan los payeses para almacenar agua y regar los campos.

Pero estaba vacío.

Era como una piscina vacía con escaleras de estas metálicas para bajar.

¿Y qué hicimos?

Pues claro, bajar por las escaleras y meternos todos dentro del depósito.

Y estuvimos allí dentro jugando, a quién sabe qué, durante un rato.

De pronto, en un momento indeterminado, los demás niños empezaron a ponerse como inquietos y a correr murmullando arriba y abajo del interior del depósito. Y su nerviosismo fue creciendo, hasta el punto en que todos empezaron a subir por las escaleras metálicas corriendo y casi que gritando.

Yo seguía jugando y cuando me quise dar cuenta estaba solo dentro del depósito, preguntándome por qué todos aquellos niños se habían esfumado de forma repentina como lagartijas subiendo por las paredes…

El sol pegaba fuerte pero amable.

¿Sabes?, seguramente era uno de esos preciosos días de julio, donde todo huele a naturaleza y a julio.

Justo segundos después de que las lagartijas desparecieran por completo, una gran Presencia descendió como del cielo y se colocó encima del depósito.

Y allí estaba yo, con las piernas un poco abiertas y bien ancladas en un suelo de baldosas con hierba creciendo alta entre las juntas.

Miré hacia arriba, mire hacia los lados. No sabía qué estaba pasando.

Solo era un niño en este mundo.

En ningún momento me asusté. El sentimiento era extraño, sí, pero todo iba bien. Yo solo seguía con el interrogante en mi cabeza: «¿por qué se han ido tan repentinamente si estábamos todos jugando?».

Y allí me quedé. Solo. Dando vueltas. Un buen rato. Con esa Presencia encima mío que parecía invitarme a no salir del depósito vacío.

No sé cuánto tiempo pasó ni recuerdo con claridad nada más. Solo sé que en un momento dado tomé la decisión de subir por una de las escaleras metálicas y me fui —igual que creía que habían hecho los demás— a mi casa.

Era la hora de comer y mi familia estaría reclamándome en la mesa.

Te cuento esta experiencia porque ahorá sé con seguridad que lo que ocurrió aquel día fue un encuentro con alguna parte expandida de mí.

Yo era un niño que no entendió nada, solo vivió la experiencia. Una experiencia que mantengo encendida en mi memoria hasta el día de hoy, más de cuarenta años después.

Y estoy seguro que tú también has vivido experiencias similares.

¿Sabes?, todo está dispuesto desde el primer día.

Cuando es tu última vida en este planeta y has venido a convertirte en Todo Lo Que Eres, (por lo que parece) los encuentros con esa «globalidad» ya empiezan en la infancia.

Y ese día ocurrió algo que se mantiene fresco en mi recuerdo para que ahora pueda contártelo a ti.

Y a mí, por supuesto.

Por cierto, nunca más fui con aquellos niños a jugar a ningún sitio. Los recuerdo como personas extrañas. Además, en el lugar donde estaba el depósito vacío ahora hay una calle con edificios de bloques y decenas de casas adosadas.

Seguro que las lagartijas ya no moran por allí.

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