#15 – El olor a chocolate

Estaba con un poco de agobio encerrado y he salido a caminar por la ciudad.

Llevo 2 días en casa de mi amigo Jordi haciendo catsitting y teniendo un intervalo de tiempo solo para mí.

He bajado a la calle y he empezado a caminar hacia una zona que no había explorado antes. En un parque había dos chavales fumando porros y al pasar por el lado me ha llegado el olor a chocolate, a costo.

Ese olor siempre me transporta al barrio de Poble Nou de Barcelona en la época de mis 20s. En esos años llevaba una suerte de doble vida, en el sentido de que tenía mi grupo de amigos del pueblo, que iban a discotecas de moda, y luego estaba mi afición a la música rock.

Digo que me transporto al Poble Nou porque era allí donde iba a ver, a veces solo, a veces con algunos amigos de la universidad, conciertos de rock en salas como Garatge Club, Zeleste (más tarde Razzmatazz) y Mephisto, una sala esta última donde vi los mejores conciertos de mi vida: Backyard Babies, Turbonegro, Gluecifer (Dios, como disfruté la hornada de rock escandinavo de los 90), Nashville Pussy y algunos más.

Hoy en día la mítica Sala Mephisto ya no existe. Volé un día de estos hacia ella con Google Maps y en la puerta ya no está el nombre. Casi lloro.

Entoces, iba caminando y pensando todo esto, mientras estaba fuera y dentro del cuerpo a la vez. Esto del Embodiment (o Iluminación Encarnada) tiene su miga. Hay momentos en que es un estado de expansión TAL que no sabes muy bien si en algún punto perderás el control del cuerpo tal como lo conocías o qué… Y por otra parte es una sensación de libertad que no hubiera imaginado nunca. Démosle el tiempo que haga falta a esta transformación. No es fácil para el antiguo Aspecto Humano.

Vuelvo a la música. Sí, yo en esa época de juventud me debatía entre agobiantes discotecas y unos amigos que en realidad odiaba y mis incursiones en el mundo de la batería-bajo-guitarra-voz de las salas que he mencionado.

En realidad, y visto desde mi objetividad actual, yo era un ser inerte. Un cuerpo vacío que solo trataba de encajar en una sociedad en la que no pegaba ni con cola.

Entonces iba a ver a Green Day (aún no los conocía ni el Tato), a Fugazi, a No Means No, a Big Drill Car, a Snapcase y demás bandas de hardcore y ese era, podríamos decir, el contacto con mi normalidad.

Estos sitios estaban plagados de punkrockers, heavies, macarras, quillos y demás «fauna peligrosa» de la noche rockera, y de alguna manera mi humano Guillem allí se sentía como pez en el agua. Esas salas apestaban a entusiasmo, birra y chocolate (todavía se podía fumar dentro), por eso el recuerdo.

Pero en mis late 20s se acercaba el cisma de mi Despertar Espiritual y lo empecé a notar el día en que casi me desmayo en un concierto de Tool en Razzmatazz. Recuerdo que llevaba unos tejanos cortados y unas Adidas con las 3 rayas plateadas que molaban que te cagas. Supongo que por entonces mi campo energético ya estaba empezando a cambiar y no podía seguir tolerando las bajas vibraciones de antros atestados de greñudos vestidos de negro haciendo headbanging.

Pues sí, Guillonauta rockero. Fuck yeah. Forever.

Mira, si una cosa no me ha quitado mi proceso de Despertar es la música. Aún sigo escuchando a todas esas bandas (y muchas otras) y aún conservo mi colección de 400 y pico cintas guarras grabadas, 200 y pico CDs, 100 y pico vinilos (¡todos los de AC/DC!) y mi colección de «Popus». Sí, la revista Popular 1 Rock’n’Roll Magazine, una publicación única en España y diría que en todo el mundo.

Aunque ya no me interesa leerla.

Bueno, acabo diciendo que no me gusta fumar porros. La última vez que le di un tiro a un peta (una amiga me invitó hace 5 años) tuve tan mal viaje que se me quitaron las ganas forever pero forever. Si es que alguna vez las tuve.

Nada, quería escribir. Keep on rocking, madafaca!

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2 comentarios en «#15 – El olor a chocolate»

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